Fragmento de un diario íntimo.
Todo comenzó por la archiconocida situación de la mujer hermosa que se lleva un cigarrillo a los labios y del hombre apuesto que le ofrece fuego. El movimiento de su mano protegiendo la llama no tenía otra finalidad que tocar mi mano. Sin dejar de mirarme con sus ojos extrañamente amarillos, dejó correr sus dedos con descuido. Al tropezar con el anillo, lo examinó palpándolo con las yemas antes de mirarlo. Orientó mi mano hasta que la escasa luz le permitió leer la letra de oro incrustada en la piedra "¿José?", propuso. "Podría ser", le respondí. En su mirada apareció una repentina sorpresa. "Ah, el enigma", musitó, demorándose en las palabras. Y de pronto echó la cabeza hacia atrás y empezó a reÍr con una risa exuberante y breve. El blanco azulado de su garganta brilló un instante.
Tomándome de una mano, me arrastró hasta la pista de baile. Giró sobre sí misma, y por un momento la blancura de su cuerpo fue como un fogonazo en la oscuridad. Ceñí su cintura con mi brazo, hundí mi rostro en sus cabellos negros. Otro giro la liberó. Se alejó, volvió hacia mí, al pegarse de nuevo a mi cuerpo deslicé mi mano por entre el escote y la posé sobre pecho ardiente. Antes de que se alejara, mediante otro giro, alcancé a sentir con intensa delicia el palpitar acelerado de su corazón. Me dijo que no con la cabeza, pero el fulgor de su mirada amarilla la traicionaba.
En efecto, algunas horas después fuimos a su departamento. Sin decirle nada, sin permitir que me dijera nada, la desnudé. Besé sus labios, mordí sus pezones, hundí mi lengua en su ombligo, atormenté su clítoris. Arrebatada por el incontenible orgasmo, suplicó que la penetrara. Entonces, en ese momento tan buscado durante toda la noche, cuando ya su voluntad me pertenecía por completo, la atraje hacia mí, hundí limpiamente mis colmillos en su garganta y empecé a beber su sangre, mientras ella gritaba de dolor, de placer, de pánico, qué sé yo.Brames Toker

JÉNICO
