jueves, 4 de noviembre de 2010

Te lo cuento a tus pies...

No decía palabras, acercaba tan sólo un cuerpo interrogante.
Porque ignoraba que el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe.
Una hoja cuya rama no existe. Un mundo cuyo cielo no existe.
La angustia se abre paso entre los huesos, remonta por las venas hasta abrirse en la piel, surtidores de sueños hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso, una mirada fugaz entre las sombras, bastan para que el cuerpo se abra en dos, ávido de recibir en sí mismo otro cuerpo que sueñe; mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne, iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Aunque sólo sea una esperanza, porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.


"Un sueño perdido, una pasión improbable
y el poder redentor del amor".

JÉNICO

miércoles, 6 de enero de 2010

Te lo cuento a tus pies...

Impotencia
El príncipe besó a la Bella Durmiente. No despertó.
Volvió a besarla. Ella ni siquiera cambió de posición para defender su sueño.
Él dudó un momento, pero luego introdujo su lengua en la boca de labios pálidamente coralinos. Ninguna reacción.
Desesperado empezó por morderle las orejas, a besar su cuello, a hacerle caricias que el pudor me impide transcribir... pero nada.
El príncipe, avergonzado, no protestó cuando di vuelta a la hoja.

Detrás de la máscara
La hermosa ante su tocador, se quitaba la larga peluca ensortijada, las negrísimas pestañas postizas, las irisadas lentes de contacto.
Después iba haciendo desaparecer el brillante rouge de sus labios, el tenue carmín de las mejillas, el aporcelanado maquillaje.
Finalmente, al descubierto su belleza magnífica, se extasiaba entonces en su contemplación.

Desengaño
Él, le perdonó a ella que lo hubiera engañado durante dos años tres veces por semana. Ella, no le perdonó jamás que la hubiera perdonado, y...
¡Se fue a vivir con él!

JÉNICO

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Te lo cuento a tus pies...

Pensamientos incorpóreos.
Las imágenes le hacen ser consciente de que mira con unos ojos que no conoce bien, en el momento en que una ligera nube deja de cubrir el sol. El viento se mezcla con los árboles a cada lado del camino, y atrás y más allá, donde el bosque comienza a descender; por donde se aleja la voz.
Entonces la muchacha surge, con sus cabellos volando y su bello rostro que vuelve de la cañada; el largo vestido blanco resalta extendiéndose por el aire. Cree reconocerla, al observarla a poca distancia: su graciosa nariz, la sonrisa; alarga el brazo sin comprender bien: quiere que ella lo vea y trata de gritarle.

Entiende que no lo puede ver ni oir, cuando va desapareciendo cerca de la pared rojiza del fondo; siente que la ha perdido en otro tiempo irreconocible.
Y se da cuenta de que en realidad mira por la ventana de un tren repentinamente solitario, que avanza en medio del bosque sin ningún ruido... sin moverse.

JÉNICO

"La realidad ocurre en la noche, cuando soñamos".
E. Sábato.

¡Hasta el próximo!...

jueves, 30 de julio de 2009

Te lo cuento a tus pies

Fragmento de un diario íntimo.
Todo comenzó por la archiconocida situación de la mujer hermosa que se lleva un cigarrillo a los labios y del hombre apuesto que le ofrece fuego. El movimiento de su mano protegiendo la llama no tenía otra finalidad que tocar mi mano. Sin dejar de mirarme con sus ojos extrañamente amarillos, dejó correr sus dedos con descuido. Al tropezar con el anillo, lo examinó palpándolo con las yemas antes de mirarlo. Orientó mi mano hasta que la escasa luz le permitió leer la letra de oro incrustada en la piedra "¿José?", propuso. "Podría ser", le respondí. En su mirada apareció una repentina sorpresa. "Ah, el enigma", musitó, demorándose en las palabras. Y de pronto echó la cabeza hacia atrás y empezó a reÍr con una risa exuberante y breve. El blanco azulado de su garganta brilló un instante.
Tomándome de una mano, me arrastró hasta la pista de baile. Giró sobre sí misma, y por un momento la blancura de su cuerpo fue como un fogonazo en la oscuridad. Ceñí su cintura con mi brazo, hundí mi rostro en sus cabellos negros. Otro giro la liberó. Se alejó, volvió hacia mí, al pegarse de nuevo a mi cuerpo deslicé mi mano por entre el escote y la posé sobre pecho ardiente. Antes de que se alejara, mediante otro giro, alcancé a sentir con intensa delicia el palpitar acelerado de su corazón. Me dijo que no con la cabeza, pero el fulgor de su mirada amarilla la traicionaba.

En efecto, algunas horas después fuimos a su departamento. Sin decirle nada, sin permitir que me dijera nada, la desnudé. Besé sus labios, mordí sus pezones, hundí mi lengua en su ombligo, atormenté su clítoris. Arrebatada por el incontenible orgasmo, suplicó que la penetrara. Entonces, en ese momento tan buscado durante toda la noche, cuando ya su voluntad me pertenecía por completo, la atraje hacia mí, hundí limpiamente mis colmillos en su garganta y empecé a beber su sangre, mientras ella gritaba de dolor, de placer, de pánico, qué sé yo.
Brames Toker


JÉNICO